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Por Fernando García Naddaf.    
Cuatro de las cinco potencias nucleares declaradas han mostrado negligencia en el manejo de su energía atómica. Una movilización mundial por la paz es un medio legítimo de presión para exigir el cumplimiento de los compromisos de no proliferación.

El 4 de febrero, dos submarinos nucleares chocaron en medio del océano Atlántico. Iban cargados con misiles de cabezas atómicas. Pudo haber sido una catástrofe, y al igual que Chernóbil en 1986 o el accidente de Three Mile Island en 1979, la prensa y el mundo sólo pudieron saber lo ocurrido varios días después. A pesar de los experimentados almirantes, los sistemas de rastreo y las previsiones de la OTAN para conocer con anticipación los desplazamientos de sus aliados, las naves fueron en contra de probabilidades y chocaron en medio de un siempre ancho mar. Al igual que en el caso ruso y americano, las “seguridades” del mundo científico y militar no bastaron. En el caso soviético, la negligencia terminó en una larga pesadilla.

¿Qué habría ocurrido si hubiera terminado en catástrofe? Con seguridad, las autoridades francesas e inglesas habrían actuado con el mismo celo militar que justifica el silencio tras las fallas nucleares, olvidando que la lenta reacción en Chernóbil aún está presente con efectos en el terreno incultivable y la población que se expuso a una radiación 500 veces mayor a la liberada en Hiroshima.

Cuatro de las cinco potencias nucleares declaradas ya han mostrado negligencia en el manejo militar o científico de su energía atómica. ¿Cuánto faltará para que la quinta potencia, China, o los estados nucleares no declarados como Israel, India o Pakistán, también lo hagan mientras dan al mundo tranquilizadoras “seguridades” de sus científicos o la “prudencia” de sus militares o líderes políticos? Pasará un año o cinco, incluso diez o veinte, pero la amenaza nuclear sobrevivirá a sus días y aún colgará sobre la cabeza de la humanidad por siglos o milenios, si no se autodestruye antes. Queda claro que ante un escenario como este, la única alternativa es una movilización expresa de las naciones involucradas para echar pie atrás y desmantelar intencionadamente los arsenales.

El accidente ocurre casi simultáneamente a la celebración de los 42 años de la firma del tratado de Tlatelolco, que declaró a Latinoamérica Zona Libre de Armas Nucleares. Todos los 33 Estados de la Región de América Latina y el Caribe firmaron y ratificaron el Tratado de Tlatelolco, que se convirtió en un ejemplo para el mundo. A la declaración de zona libre de armas nucleares, siguieron los tratados de Rarotonga (Oceanía), Bangkok (Malasia), Pelindaba (África), la declaración unilateral de Mongolia y el tratado de Semipalatinsk (Asia Central). Hoy se piensa hacer extensiva la zona a todo el hemisferio sur.

El tratado de Tlatelolco es un ejemplo de esperanza a pesar de las amenazas que han hecho tambalear su espíritu, como por ejemplo, la Guerra de las Malvinas. El acuerdo abre espacio a las poblaciones como un medio legítimo de presión sobre gobiernos del hemisferio sur y una inspiración hacia los Estados nucleares para hacer exigir por parte de sus ciudadanos el cumplimiento de los compromisos de la no proliferación, el desarme de las ojivas, y adscribir voluntariamente a las zonas libres de armas nucleares.

Una movilización mundial por la paz es una acción pendiente en este sentido. Y su fuerza en los países nucleares declarados y no declarados será necesaria para recordar que el choque de los submarinos, los ataques a Gaza por parte de Israel, las amenazas de Hillary Clinton a Corea del Norte, y antes, el ataque a Irak por parte de Estados Unidos, son pruebas irrefutables que la amenaza nuclear al mundo no terminó con la Guerra Fría.

Ficnova 2014

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